Y ahora te vas, y para siempre. He temido mucho este momento pero nunca fui consciente de que realmente iba a llegar. Llevo años diciendo que tienes doce años, como si tu tiempo hubiera parado ahí…
Como dirían con caras incrédulas quienes no entienden sentimientos de este tipo “es un perro” y no, yo siempre he contestado “es mi perro”.
Eres tú quien me ha acompañado desde los trece años. Fíjate si hemos vivido momentos juntos. El instituto, la recuperación de mi padre, mis primeros ligues, la universidad y mi independencia junto a la pesada de Noa, que nunca entendió que no quisieras jugar porque ya no eras un chaval.
Y ahora te vas y no quiero creerlo. ¿Qué voy a hacer cuando abra la puerta y ya no vengas a saludar como si fuese la persona más importante del mundo? Tu rincón de la salita, tu camita, van a estar vacíos, no quiero. Será raro almorzar con la ausencia de tu mirada envejecida. Tampoco sé si voy a soportar no verte corriendo ladeado y ladrando por la emoción cuando te digo ¿vamos a la calle?.
Y ahora te vas. ¿Quién se sentará bajo mis pies cuando tenga fiebre o cuando esté triste? Tú siempre lo has sabido y he sentido el olor de tu compañía y el calor de tu cuerpecito que ahora no estará.
Es tu última noche y ni siquiera eres consciente de tu propia muerte, tienes suerte. Mañana cuando me despida de ti lo siento si lloro mucho. No quiero que tengas miedo. Siempre estarás con nosotros. Gracias por tu compañía, por tus ladridos, por ser tan cascarrabias y consentido y sobre todo por tu fidelidad. Dulces sueños.

